Kotor
La Boka es lo que pasa cuando el Adriático decide entrar en las montañas y quedarse: un cañón de río ahogado que viste el disfraz de fiordo, doblándose dos veces antes de llegar a Kotor, escondida al fondo como un secreto que el mar guarda. La ciudad es un triángulo de piedra medieval encajado entre el agua y un acantilado, con murallas que hacen algo que las murallas de otros lados no hacen — trepan.
El viajero sensato camina las callejuelas de mármol temprano, antes de las campanas de los cruceros; le paga su visita a la catedral de San Trifón; y luego toma la serpentina de la muralla hasta San Giovanni — 1.350 escalones, una fortaleza, y la bahía abajo ordenándose en la vista mejor guardada del Mediterráneo. La tarde es del agua: un barco a Perast y a la Gospa od Škrpjela, la isla que los marineros de Kotor construyeron piedra a piedra, soltando una roca por travesía hasta que existió una isla.
La honestidad de la Guía: la subida a la muralla en julio es una peregrinación de sudor — vaya a las ocho o a las cinco, lleve agua, use suela que agarre —; la bahía es mansa pero la carretera que la rodea es angosta y compartida con buses: el barco es la ruta civilizada; y cuando llegan los cruceros, la ciudad vieja contiene el aliento — Perast, a veinte minutos por la orilla, no lo hace nunca.