San Petersburgo
San Petersburgo se construyó por decreto, sobre un pantano, de prisa, para ser una ventana — la de Pedro el Grande, hacia Europa — y tres siglos después la ventana todavía funciona en los dos sentidos: un delta de muelles de granito, cien islas, trescientos puentes que se levantan de noche para dejar pasar a los barcos, una fortaleza con una aguja de oro donde están enterrados los zares, un palacio verde y blanco con tres millones de obras de arte adentro, una cúpula de catedral que se ve desde el mar, y una avenida, la Nevski, de la que Gógol dijo que mentía a todas las horas del día. En junio el sol apenas se pone y la ciudad camina toda la noche; en enero el Neva es una carretera.
Esta postal también está escrita con honestidad y con amor: el presente ha estrechado las puertas del cielo — los vuelos son pocos y con rodeos, muchas cancillerías desaconsejan el viaje, y la Guía no discute con las cancillerías. Aconsejamos paciencia en cambio: lea la Nevski de Gógol y la plaza del Heno de Dostoievski, vea al Mariinski cuando esté de gira, escuche la Séptima de Shostakóvich, que esta ciudad estrenó bajo asedio, y deje que Petersburgo siga siendo, por ahora, una ciudad de la imaginación — donde, desde Pushkin en adelante, siempre hizo su mejor trabajo.
La honestidad de la Guía, que aquí es también un voto: esta página espera con las lámparas encendidas. Cuando se reconstruyan los puentes entre el mundo y el delta, las puertas de abajo se abrirán a los cuatro días del Hermitage, a las fuentes de Peterhof, a las Noches Blancas sobre el muelle y al invierno que hace que los palacios tengan sentido. Hasta entonces la postal queda en pie — la carta de un puerto al que la Guía piensa, un día, entrar por agua, como lo quiso Pedro.