La Ciudad de San Marino
La Serenísima República de San Marino lleva desde el año 301 ocupándose de sus propios asuntos en la cima de una montaña, lo que la hace la república más vieja del mundo y el mejor juego largo de Europa: mientras los imperios subían, anexaban y se disolvían a su alrededor, ella conservó sus tres torres, sus propias leyes y su bandera color de cielo. El país entero se ve desde la cresta — y ese puede ser el secreto: a San Marino no se le acerca nada por sorpresa.
El viajero sensato llega en la funivia desde Borgo Maggiore — el cable hace en dos minutos lo que los ejércitos nunca lograron —, camina el paso de las brujas por la cresta de la Guaita a la Cesta con el acantilado cayendo a un lado y, en días claros, el Adriático brillando cuarenta kilómetros al este; colecciona el sello del pasaporte en la oficina de turismo como un recuerdo solemne; y se queda pasadas las seis, cuando los excursionistas escurren cuesta abajo y la república vuelve a sus nueve mil ciudadanos.
La honestidad de la Guía: sí, las callejuelas están bordeadas de tiendas que venden de todo, del perfume a la ballesta de réplica — la república siempre ha vivido de su ingenio: suba una calle y el silencio de piedra regresa —; el viento de la cresta es real hasta en julio: lleve una capa; y el sello en su pasaporte es extraoficial pero el orgullo no. Lo pequeño no es lo contrario de lo grande; San Marino lleva diecisiete siglos demostrándolo.