Bratislava
Bratislava es la única capital que limita con dos países, queda a una hora de Viena, y alguna vez coronó reyes húngaros mientras se llamaba Pressburg — un currículo que explica su acento mezclado de cafés austriacos, palacios húngaros y terquedad eslovaca. El castillo sobre el Danubio parece una mesa invertida y custodia un casco viejo lo bastante pequeño para memorizarlo y lo bastante amable para querer hacerlo.
El viajero sensato camina la ruta de las coronaciones por el casco viejo — las coronitas incrustadas en el pavimento la marcan —, saluda a Čumil, el bronce del alcantarillero que asoma de su tapa, sube al castillo por el río y, en días claros, tres países a la vez; cruza el puente del OVNI por la vista de vuelta desde su torre; y se interna por la tarde en los Pequeños Cárpatos, donde las bodegas empiezan antes de que la ciudad termine.
La honestidad de la Guía: Viena queda a cincuenta minutos y la comparación pierde el punto — Bratislava cuesta la mitad y se apura la mitad —; el casco viejo es compacto: un día sin prisa lo hace honestamente, que es exactamente el argumento para quedarse dos; y Petržalka al otro lado del río, el mayor distrito de bloques prefabricados de Europa, es una lección del siglo veinte que se lee mejor desde el puente, copa de vino de grosella de Devín en mano.