El Lago Bled
Bled es la postal que resultó ser de verdad: un lago glaciar del color del cuello de un pavo real, una isla con una iglesia encima y noventa y nueve escalones hasta la iglesia, un castillo en un acantilado a ciento treinta metros sobre el agua, y los Alpes Julianos detrás de todo con el Triglav, la montaña de tres cabezas de la bandera nacional, en lo alto. Los botes que lo llevan a remo a la isla son pletnas, de fondo plano y con toldo, y los hombres que los reman heredan la licencia; la campana de la iglesia concede deseos a quien la toca; y el pastel, la kremšnita, una tajada de crema pastelera y nata entre dos hojas crocantes, se inventó en el hotel Park en 1953 y se ha comido doce millones de veces desde entonces.
El viajero camina primero los seis kilómetros alrededor del lago, temprano, cuando el agua es vidrio y el castillo está iluminado desde el este; toma una pletna a la isla, sube los escalones, toca la campana y vuelve; sube al castillo por la vista que sale en las postales, y el museíto y la bodega; come la kremšnita en una terraza frente al agua; sube a Ojstrica o a Mala Osojnica, los miradores de la orilla suroeste, por la fotografía que todos toman; y, con un segundo día, camina las pasarelas de la garganta de Vintgar y maneja a Bohinj, la hermana más salvaje y callada de Bled, al pie del Triglav.
La honestidad de la Guía: Bled es pequeña, famosa y está cerca de una autopista, y julio y agosto la llenan hasta la orilla — la fila de la isla, el estacionamiento, los buses de Liubliana y Venecia —, así que venga en junio o septiembre, o quédese dos noches y sea dueño de las mañanas; la pletna tiene precio fijo y vale la pena una vez, y los botes que uno rema solo son más baratos, más lentos y más lindos; el lago es nadable y tibio para julio, desde las playas de hierba de la punta oeste; la entrada al castillo no es barata y la vista desde el sendero gratis de abajo es casi la misma; y Bohinj, veintiséis kilómetros más allá, es adonde van los eslovenos cuando Bled está lleno — sígalos.