Madrid
Madrid trata la medianoche como una institución y el arte como un servicio público. Tres museos en un solo triángulo caminable guardan a Velázquez, a Goya y el Guernica; afuera, la ciudad ejerce su verdadero genio — la hora compartida: el vermú a la una, el almuerzo a las tres, el paseo a las ocho, la cena a las diez y media, y la firme convicción de que irse temprano a casa es una forma de rendición.
El viajero sensato le da al Prado una mañana larga — Las Meninas le reorganizarán los estándares — y al Reina Sofía una tarde para el silencio del Guernica. Entre ambos: el lago del Retiro y su palacio de cristal, la ruta de tapas de La Latina el domingo después del Rastro, y la Gran Vía al atardecer, cuando las azoteas se encienden como palcos de teatro.
La honestidad de la Guía: cenar antes de las nueve y media lo marca como turista y la cocina puede seguir cerrada — ríndase al horario, que sabe más —; agosto es un horno del que los madrileños huyen: sígalos o abrace la ciudad vacía al alba y al ocaso; y la tapa gratis con la bebida es un derecho madrileño: cambie de bar, no de barrio.