Zermatt y el Matterhorn
Zermatt es un pueblo de chalets de madera negra al final de un valle, sin carros, bajo la montaña más reconocida de la Tierra: el Matterhorn, 4.478 metros, una pirámide tan exacta que se volvió la forma que un niño dibuja cuando le piden una montaña, y la de la caja de chocolate. Fue escalado por primera vez en 1865 por un grupo de siete de los que cuatro cayeron en el descenso, y el pueblo guarda sus tumbas junto a la iglesia; ha sido desde entonces el resort de montaña más completo de Europa — un tren de cremallera a la vista de veintinueve cuatromiles del Gornergrat, la estación de teleférico más alta del continente en el Klein Matterhorn, glaciares, trescientos sesenta kilómetros de pistas que cruzan a Italia, y, al alba, una cumbre que se pone rosa mientras el pueblo entero mira hacia arriba.
El viajero deja el carro en Täsch y sube en el tren lanzadera; camina la única calle del pueblo de tiendas y chalets hasta la iglesia y el cementerio de los alpinistas; toma el tren del Gornergrat con la primera luz por la montaña, el glaciar Gorner y la fila de picos; sube al Glacier Paradise del Klein Matterhorn para pararse a 3.883 metros en nieve de verano; camina en verano a los lagos espejo de Sunnegga y Riffelsee, donde la montaña se repite; esquía en invierno por tres valles y una frontera; y come fondue en una cabaña bajando, porque las montañas son la razón del queso.
La honestidad de la Guía: Zermatt es suiza y es un resort y cobra en consecuencia — solo los trenes de montaña son un renglón serio del presupuesto, y los pases valen la pena calcularlos —; la montaña se esconde en nubes por días enteros y se muestra, cuando lo hace, sobre todo al alba, así que más de una noche es el plan honesto; la altura en las estaciones de arriba es real y el sol sobre la nieve es fiero; el pueblo es sin carros pero no silencioso, y los taxis eléctricos tienen la prioridad; y la montaña se ha cobrado más de quinientas vidas — es para mirarla, y para escalarla solo con guía y con razón.