Zúrich
El secreto de Zúrich es que bajo el traje de lana hay un traje de baño: los callejones financieros más pulcros del mundo bajan derecho a un lago y a un río tan limpios que la ciudad entera se baña en ellos las tardes de verano, con los maletines estacionados junto a los trampolines. El dadaísmo se inventó aquí, en el Cabaret Voltaire, presumiblemente como válvula de escape — un orden así de completo genera sus propios surrealistas.
El viajero sensato camina los callejones gremiales del Niederdorf hasta las torres gemelas del Grossmünster — suba una para el panorama de lago y Alpes —, revisa los vitrales azules de Chagall en el Fraumünster, y hace luego lo más local posible: un badi, una de las casas de baño de madera sobre el agua, donde la entrada cuesta menos que un café y la tarde se disuelve. El atardecer es del paseo del lago, salchicha de parrilla en mano.
La honestidad de la Guía: todo cuesta lo que cuesta — el badi, la salchicha de parrilla y el agua de la llave son la trinidad asequible, y resultan ser la mejor parte —; las tiendas cierran los domingos con convicción protestante: aprovisione el sábado; y los Alpes del horizonte no son decoración: la cima del Uetliberg queda a veinte minutos de tren de cercanías, tiquete incluido en el pase urbano.