La Basílica de San Pedro
No se cruza ninguna reja para entrar al país más pequeño del mundo — solo una línea blanca en el pavimento, y de pronto la plaza ya lo tiene a usted. Bernini construyó su columnata como dos brazos abiertos, y cuatro siglos después el truco sigue funcionando: doscientas ochenta y cuatro columnas reuniendo por igual a peregrinos, turistas, escépticos y palomas hacia el obelisco que Calígula trajo de Egipto y al que los papas enseñaron a dar la hora.
El viajero sensato llega a las siete, cuando la basílica es de los equipos de limpieza y la luz bajo la cúpula de Miguel Ángel cae sobre casi nadie; se detiene en el disco de pórfido donde se arrodilló Carlomagno; y sube a la cúpula — el ascensor perdona 231 escalones y la espiral inclinada del tambor cobra el resto — por la única vista que explica la geometría de Roma. La Pietà espera tras su vidrio, con menos años en la cara que sus cinco siglos.
La honestidad de la Guía: hombros y rodillas cubiertos, siempre — el código lo hacen cumplir hombres que ya escucharon todos los argumentos —; los Museos y la Sixtina son otra puerta a quince minutos a pie, con su propia fila: reserve en línea o done su mañana; los miércoles por la mañana son de la audiencia, y la plaza cierra temprano sus brazos. Y la oficina postal amarilla junto a la plaza envía cartas de verdad: mande esta postal desde el país más pequeño de la Tierra.