La Plaza de San Pedro
La plaza de San Pedro es el abrazo más grande de la arquitectura: dos brazos curvos de doscientas ochenta y cuatro columnas, en cuatro filas, que Bernini abrió desde la fachada de la basílica en la década de 1660 para que el mundo entero cupiera en una sola mirada desde la ventana del Papa. En el centro se alza un obelisco que Calígula trajo de Egipto y Nerón usó para un circo, y que alguna vez vio morir a Pedro; dos fuentes marcan el compás de la elipse; y una línea blanca de travertino cruzando el pavimento — fácil de pasar por alto, imposible de dejar de ver — señala dónde termina el Estado más pequeño de la Tierra y empieza Roma.
El viajero llega al alba, cuando la plaza es un escenario sin público y la cúpula está rosada; se para en uno de los dos discos de mármol entre el obelisco y una fuente y ve cómo las cuatro filas de columnas se vuelven una; camina los brazos como una galería; hace la fila de la basílica (gratis, solo seguridad) y sube primero a la cúpula, quinientos cincuenta y un escalones, por la elipse vista como la dibujó Bernini; después baja a la nave de Miguel Ángel, la Pietà tras su vidrio, el baldaquino, la tumba; y, un miércoles, se sienta con veinte mil más para la audiencia, o un domingo mira hacia arriba al mediodía para el Ángelus.
La honestidad de la Guía: la plaza es gratis y siempre abierta, la basílica es gratis y su fila es de seguridad, no de boletos — vaya antes de las ocho o después de las cuatro —; el código de vestir (hombros y rodillas) se aplica en la puerta sin discusión; los Museos Vaticanos y la Capilla Sixtina son otra visita con otra entrada a quince minutos a pie hacia el norte, y esa sí es la fila que se reserva; los hombres de uniforme a rayas son la Guardia Suiza y lo son desde 1506; los «guías sin fila» dentro de la columnata se saltan sobre todo su paciencia; y la mejor fotografía no es desde la plaza sino desde la Via della Conciliazione al atardecer, cuando el bulevar de Mussolini por fin se gana su ancho.