Toronto
Toronto es el experimento urbano más optimista del continente: más de la mitad de la ciudad nació en otro país, y el resultado no es un mosaico decorativo sino una mesa servida — se almuerza en Cantón, se merienda en Atenas y se cena en Bombay sin cambiar de tranvía. Todo frente a un lago tan grande que el horizonte se rinde, un mar de agua dulce con humores.
El viajero sensato baja al mercado de St. Lawrence para un desayuno con siglo y medio de práctica; se pierde en Kensington y Chinatown al mediodía; sube a la torre CN si el cielo está limpio — o mejor, toma el ferry a las islas, donde la postal de los rascacielos se sirve con playa y sin autos. La noche se reparte sola: West Queen West para el arte, el Distillery para el adoquín.
La honestidad de la Guía: el invierno no es anécdota — de diciembre a marzo la ciudad se vive en capas y por el PATH, su laberinto subterráneo —; los precios de mesa se pusieron serios: el almuerzo étnico es el gran truco local; y el lago invita más a navegarlo que a nadarlo — sigue frío hasta bien entrado julio.