Cancún y la Riviera Maya
Cancún se dibujó en papel en 1970 — el plan de un gobierno para un balneario en una isla barrera vacía con forma de siete, entre una laguna y un mar del color de una piscina — y funcionó tan bien que toda la costa al sur lo siguió: la Riviera Maya, ciento treinta kilómetros de arena blanca sobre una plataforma de caliza tan perforada de cenotes, los pozos de agua dulce que los mayas tenían por sagrados, que el suelo mismo es un balneario. Mar afuera corre el segundo arrecife más grande de la Tierra; tierra adentro se paran Cobá, Chichén Itzá y, sobre su propio acantilado frente al mar, el puerto amurallado de Tulum.
El viajero aterriza en la zona hotelera y la deja temprano: a Isla Mujeres en ferry por una isla más lenta y, en verano, los tiburones ballena; a Puerto Morelos por el arrecife sin la multitud; a Playa del Carmen por la Quinta Avenida y el barco a las paredes de coral de Cozumel; a los cenotes — Dos Ojos, el Gran Cenote, cualquiera que abra un campesino — por un agua tan clara que el nadador parece volar; a Tulum a la hora de abrir, antes de los autobuses; a Cobá en bicicleta alquilada entre los árboles; y, por un día largo, a Chichén Itzá, cuya serpiente de luz baja la pirámide dos veces al año y cuyas piedras impresionan a cualquier hora.
La honestidad de la Guía: el sargazo llega casi todos los años de fines de primavera a comienzos de otoño y puede volver marrón una playa de postal por semanas — las playas que miran al oeste en Isla Mujeres y Cozumel, y los cenotes, son la respuesta —; septiembre es el corazón de la temporada de huracanes; la economía del balneario cotiza en dólares y suma propinas, y los vendedores de tiempo compartido empiezan en el aeropuerto, donde un 'no, gracias' firme es la única frase necesaria; los autobuses ADO y el nuevo Tren Maya unen la costa a bajo costo; y el arrecife está vivo y es frágil — crema apta para arrecife, y no tocar, lo mantiene así.