Ciudad de México
La Ciudad de México se construyó sobre un lago azteca y nunca dejó de ser una isla: de tacos al pastor girando como planetas, de museos — más de ciento cincuenta — y de un Centro Histórico donde una catedral virreinal se hunde milímetro a milímetro sobre el templo mexica que la sostiene. Es la megalópolis con la mesa puesta: aquí se come mejor que casi en cualquier lugar del mundo, a casi cualquier precio.
El viajero sensato trabaja por capas: el Zócalo y el Templo Mayor para entender las ciudades apiladas; Antropología una mañana entera — la sala mexica al final, como postre —; Roma y Condesa para la mesa y el paseo; Coyoacán en domingo, Frida temprano y churros después; y Xochimilco en trajinera, sin prisa, sobre la última orilla del lago original.
La honestidad de la Guía: la altura y el tráfico son datos duros — agende por rumbos, no por antojos, y camine lo caminable —; la propina es el diez y se agradece en efectivo; y la lluvia de tarde en verano es puntual como oficina: la agenda se dobla, no se rompe. Del agua: embotellada, sin drama.