Nueva York
Nueva York es la ciudad vertical donde cada calle es un escenario y cada esquina cambia de idioma. Se ha dicho todo de ella y todo se queda corto: ocho millones de vidas apiladas en cinco boroughs, un parque central que es el pulmón más famoso del planeta, y una cuadrícula tan honesta que basta saber contar para no perderse — las calles cruzan, las avenidas suben, Broadway desobedece.
El viajero sensato camina: el High Line al sur, Central Park al norte, y entre ambos la Milla de los Museos — el Met exige su día entero. Cruza a pie el puente de Brooklyn al amanecer, toma el ferry gratuito de Staten Island para saludar a la Libertad sin fila, y reparte las noches entre Broadway — con sus loterías de entradas — y el jazz de sótano del Village.
La honestidad de la Guía: el metro corre toda la noche y es la única carroza sensata — el taxi en hora pico es un museo del semáforo —; la propina no es opcional: veinte por ciento o malentendido; y Times Square se visita como el dentista: una vez, rápido y con los bolsillos cerrados. La ciudad real está a una avenida de distancia.