El Atolón Arno
Arno es el atolón al otro lado del agua de la capital: a veinte kilómetros al este de Majuro, un anillo de ciento treinta y tres islotes alrededor no de una laguna sino de tres, el mayor de los atolones exteriores de las Marshall al que un viajero llega en una mañana — de una a tres horas en lancha desde el muelle de Majuro, o diez minutos en la avioneta a las pistas de Tinak e Ine. Es lo que Majuro era antes de volverse pueblo: aldeas de palma y bloque bajo los cocoteros — Arno Arno, la mayor, con la estación de campo y la escuela; Ine al sur, donde una familia recibe a un huésped; Tinak; Longar en la punta noreste, donde rompe la ola y el agua honda frente al arrecife guarda el marlín y el atún por los que salen los pescadores — y una vida que corre con el copra, el pescado, la fruta del pan y la marea, con el toddy cortado de las palmeras al alba. Las canoas de balancín, la embarcación a vela más fina que el Pacífico haya construido, se hacen otra vez aquí y se enseñan a los jóvenes desde la escuela de canoas de Majuro. Las Islas Marshall son veintinueve atolones y mil doscientas islas dispersas en un mar del tamaño de México, en libre asociación con Estados Unidos desde 1986; su memoria guarda Bikini y Enewetak, donde se hicieron las sesenta y siete pruebas nucleares de 1946 a 1958 y la cúpula de concreto de Runit se alza sobre los desechos, y Ebeye, donde los desplazados viven apretados junto al polígono de misiles de Kwajalein; el mar sube contra todas ellas, y la Guía lo nombra en dignidad.
El viajero vuela a Majuro — desde Honolulu o Guam en el island-hopper, el vuelo que para en cada atolón — duerme una noche en el pueblo, y arregla el cruce a Arno con una familia o a través de la oficina de turismo: la lancha con la marea, una estadía de dos o tres noches en una aldea de Arno Arno o Ine, con las comidas de la casa, el arrecife con marea baja, la laguna en canoa o en lancha hasta los islotes y los bancos de arena, el surf y la pesca en Longar para quien lo pida, la iglesia el domingo, y el canto. De vuelta en Majuro, el museo Alele, la escuela de canoas y el atardecer desde Laura en el extremo oeste completan el cuadro; el viajero con una semana sigue en el island-hopper a Kwajalein y más allá.
La honestidad de la Guía: Arno es un atolón de aldeas y no un resort — el huésped duerme en una estera o un colchón en la casa de una familia, se lava con balde, come lo que hay, y es tratado como pariente; el cruce en lancha es mar abierto y el viajero va una mañana quieta con chaleco y con un capitán que conozca la marea; los vuelos a las Marshall son pocos y caros, y perder uno son días; las costumbres son de la familia y del pastor, y el domingo se guarda; la historia del país con la bomba y su futuro con el mar son suyos para contar, y el viajero escucha; y la laguna de Arno Arno a primera luz, lisa y verde con las canoas saliendo y las palmeras de los islotes lejanos como una línea sobre el agua, son las Marshall como eran y, en este atolón, todavía son.