La Senda de Kokoda
La Senda de Kokoda son noventa y seis kilómetros de camino a pie por la cordillera Owen Stanley, desde Owers' Corner arriba de Puerto Moresby hasta la aldea de Kokoda en su meseta del lado norte, y se camina como una peregrinación: entre julio y noviembre de 1942, tropas japonesas desembarcadas en Gona y Buna empujaron hacia el sur por ella rumbo a Puerto Moresby, y milicianos australianos y luego regulares — el batallón 39, el 2/14, el 2/16 — los hicieron retroceder por el paso del monte Bellamy, a dos mil ciento noventa metros, entre barro y nube, cresta por cresta: la propia Kokoda, Isurava, donde los cuatro días de agosto fueron el vuelco, Brigade Hill y Mission Ridge, Ioribaiwa, lo más al sur que llegaron los japoneses, a la vista del mar, e Imita Ridge, la última línea. Los australianos retomaron Kokoda el dos de noviembre. Seiscientos veinticinco de ellos murieron en la Senda, y muchos más japoneses, y miles cayeron con malaria y disentería; los porteadores papúes que bajaron a los heridos por las crestas en camillas, los ‘Fuzzy Wuzzy Angels’ del poema de los soldados, se recuerdan en ella con el mismo honor. El memorial de Isurava, cuatro pilares de granito negro levantados en 2002 que dicen Coraje, Resistencia, Camaradería, Sacrificio, mira valle abajo el Eora; las aldeas de Alola, Efogi, Kagi, Menari, Nauro han mantenido la Senda abierta desde entonces, y su gente carga las mochilas y cocina las comidas de los caminantes.
El viajero viene con un operador con licencia — el permiso de la Autoridad de la Senda de Kokoda, los porteadores, el botiquín — vuela a Puerto Moresby, y la camina en ocho a diez días, la mayoría desde Owers' Corner hacia el norte, para que el último día baje a la meseta de Kokoda, aunque el sentido inverso tiene su propia lógica; los días son de seis a diez horas de subir y bajar sobre raíces y barro, cruzando arroyos por puentes de troncos, por la selva de musgo del paso y las huertas de las aldeas, durmiendo en carpas o en chozas de aldea, con un baño en un río al anochecer; los memoriales se visitan en el camino — Brigade Hill, Isurava con su luz del alba entre los pilares, la meseta de Kokoda con el museo y la pista de 1942 — y los guías cuentan qué pasó donde el viajero está parado. Desde Kokoda la avioneta vuelve a Moresby en veinticinco minutos, sobre el terreno que tomó nueve días cruzar.
La honestidad de la Guía: esta es una caminata dura — más caliente, más mojada, más empinada y más embarrada de lo que su distancia sugiere, y hay caminantes que han muerto en ella del corazón y del calor; el viajero entrena por meses, camina con un operador cuyos porteadores estén pagados y asegurados, y no corre; Puerto Moresby en cada extremo pide la cautela ordinaria de una ciudad difícil, y el viajero se mueve ahí con el transporte del operador; la Senda cruza aldeas que son dueñas de la tierra, y las tarifas, las cortesías y la calma del domingo las fijan ellas; y la Guía sostiene esta página como memoria en dignidad, como sostiene Betio y las crestas sobre Honiara — por los australianos y los papúes que sostuvieron estas crestas, y por los muchachos japoneses que murieron en ellas lejos de casa, a todos los cuales el musgo y la lluvia cubren hoy por igual — y por el momento de la última mañana en que los árboles se abren y la meseta de Kokoda queda abajo al sol.