Honiara
Honiara mira un tramo de agua que los marinos renombraron con honestidad: el Sonido de Fondo de Hierro, donde tantos barcos de la campaña de Guadalcanal de 1942 se hundieron que el lecho marino es una flota anclada para siempre. El pueblo que creció de la vieja base americana es la capital llevadera de las Salomón — sonrisas de nuez de betel, un mercado de muelle con peces de arrecife y dinero de conchas, y crestas arriba que cargan los memoriales de la guerra, americanos y japoneses por igual, sostenidos en la misma dignidad verde.
El viajero hace primero el Mercado Central, donde las cuerdas de dinero de conchas todavía se miden en brazas y el atún llega brillando; sube a la Cresta Sangrienta y los jardines del memorial, donde las placas de ambos bandos miran el mismo valle callado; bucea o esnorquelea los pecios — las entradas de playa de Bonegi ponen un carguero al alcance de la aleta —; nada las cascadas de Tenaru tras una caminata de selva; y recorre las tallas de Betikama, donde el ébano y la madera de queroseno se vuelven cocodrilos y tiburones de espíritu.
El consejo práctico de la Guía, con suavidad: Honiara guarda paso de isla con humores de ciudad ocasionales — tome el aviso local sobre las noches, arregle traslados en vez de deambular, y trate las aceras manchadas de betel como color local —; el buceo es de clase mundial y sin multitudes, mejor reservado con los operadores establecidos; la luz y los planes parpadean a veces, que es ritmo de isla, no falla; y las provincias de afuera — la laguna Marovo sobre todas — son las Salomón que las postales quieren decir, a una avioneta de distancia.