Funafala
Funafala es un islote en el borde suroeste de Funafuti, el atolón que es la capital de Tuvalu, y es la calma que la capital no tiene: unas familias, una iglesia, palmeras, una playa hacia la laguna y el arrecife del lado del océano, a media hora en lancha de la franja apretada de Fongafale al otro lado del agua — donde seis mil personas, más de la mitad del país, viven a lo largo de una pista de aterrizaje que se vuelve la plaza pública cada tarde cuando el último avión se ha ido y la isla sale a jugar vóleibol y a caminar sobre el asfalto. En la guerra, cuando los americanos hicieron de Fongafale una base aérea en 1943, la gente fue trasladada a Funafala y fue la capital por un tiempo; la memoria se guarda. Alrededor de la laguna de Te Namo — veinticuatro kilómetros por dieciocho, doscientos setenta y cinco kilómetros cuadrados de agua dentro de un anillo de treinta islotes cuya tierra suma dos y medio — el borde oeste es el Área de Conservación de Funafuti, seis islotes y su arrecife cerrados a la pesca desde 1996, donde anidan las tortugas y las aves no se molestan y el agua es la más clara del país. Tuvalu son nueve atolones y once mil personas, y su punto más alto está a cuatro metros y medio sobre un mar que sube; las mareas reales de febrero y marzo suben por el coral hasta las casas; y el país ha empezado, en 2023, a construir tierra nueva al borde de Fongafale con el Proyecto de Adaptación Costera de Tuvalu, y a decir, en las asambleas del mundo, que piensa quedarse.
El viajero llega en el vuelo de Fiji Airways desde Suva, tres veces por semana, que fija la estadía en tres o cuatro noches, duerme en el hotel del gobierno en Vaiaku o en una de las lodges familiares, y deja que la isla marque el paso: la pista a las seis de la tarde; la laguna en lancha hasta Funafala por el día o, mejor, por una noche en una choza arreglada con la familia, con el pescado y el coco y la iglesia el domingo; el Área de Conservación con el permiso del guardaparques, por el esnórquel y las tortugas; el mercado y el maneapa, la casa de reunión; la oficina filatélica, cuyas estampillas han pagado mucho; y la calzada y la tierra ganada al mar en el extremo norte, donde el país está haciendo su argumento en arena.
La honestidad de la Guía, sostenida con especial cariño: Tuvalu es chico, remoto y simple, y no es un resort — el hotel es sencillo, la comida es pescado, arroz y lo que trajo el avión, el internet es delgado, y hay poco que hacer en el sentido ordinario, que es la razón para ir; el viajero llega con efectivo en dólares australianos, respeto por el domingo, y tiempo; los vuelos son pocos y cambian, y perder uno es una semana; el mar es la pregunta del país y no le toca al viajero responderla, pero el viajero que ha caminado la playa de Funafala y oído el canto en la iglesia sabe qué quieren decir los números; y la Guía guarda esta página como guarda la de Tarawa del Norte — con especial cariño — por un país que le ha pedido al mundo que lo recuerde mientras todavía está aquí, y por la tarde en Funafala en que la laguna se pone lisa y dorada y las fragatas vuelven a casa sobre las palmeras.