Buenos Aires
Buenos Aires se fundó dos veces y desde entonces no ha dejado de insistir. La llaman la París del Sur por los bulevares y las cúpulas, pero el alma es otra: un puerto que lee mucho, come tarde y discute de todo — de fútbol, de política, de si el tango se baila o se escucha. Hay más librerías por habitante que en ninguna ciudad de la Tierra, y un teatro, el Colón, donde hasta el silencio tiene acústica.
El viajero sensato la reparte así: San Telmo para el domingo de feria y adoquín; Palermo para la mesa — la parrilla es liturgia y la pizza, herencia genovesa —; La Boca temprano, por el color y por Caminito antes de los buses; y Recoleta para entender que hasta la muerte puede ser un barrio elegante. El río está siempre ahí, tan ancho que parece mar y tan quieto que casi nunca se mira.
La honestidad de la Guía: el tango de exportación se compra en Corrientes, pero el de verdad se baila en milongas de barrio — llegue tarde y mire primero —; la propina es el diez y el efectivo sigue mandando; y en enero la ciudad entera se muda a la costa: si viene buscando porteños, no venga cuando no están.