La Paz y El Alto
La Paz no se visita: se escala. La capital más alta del mundo se derramó dentro de un cañón a 3.650 metros y siguió subiendo hasta El Alto, y como las calles se rindieron ante la pendiente, la ciudad tendió teleféricos: diez líneas de góndolas que cruzan el cielo como un metro colgado. Abajo hierve el mercado; arriba preside el Illimani con sus seis mil metros de nieve.
El viajero sensato dedica el primer día a aclimatarse a ritmo de mate de coca: el centro, la calle Jaén, el mercado de las Brujas con sus ofrendas. El segundo es del cielo: la línea roja hasta El Alto para la feria del jueves o del domingo, y el atardecer desde cualquier cabina. El tercero, de la luna: el Valle de la Luna y sus agujas de arcilla, a media hora del ruido.
La honestidad de la Guía: la altura manda — el soroche no revisa pasaportes: hidrate, camine lento y deje la fiesta para el segundo día —; el regateo del mercado es conversación, no combate; y a El Alto se sube por la feria y por la vista, con lo justo en los bolsillos y los ojos abiertos, como en toda gran feria del mundo.