Río de Janeiro
Dios hizo el mundo en seis días y, agregan los cariocas, dedicó el séptimo a Río. Es la única megaciudad apretada entre selva y océano, con domos de granito que emergen de las calles como ballenas saliendo a respirar, y su gente trata la belleza como servicio público: la playa es la plaza, la vereda es la sala, y el atardecer en Arpoador termina, todos los días, en aplauso.
El viajero sensato toma los clásicos temprano: el tren cremallera al Corcovado con la primera luz, el teleférico al Pan de Azúcar para el oro de la tarde, y las playas por barrio — Copacabana por el teatro, Ipanema por la belleza, Leblon por la calma. Después, las cuestas torcidas de Santa Teresa para almorzar, y una noche de samba en Lapa bajo los arcos blancos.
La honestidad de la Guía: a la playa se lleva solo lo que cabe en una mano; la ciudad pide calle, no miedo — el teléfono guardado en las cuadras vacías —; las visitas a favelas solo tienen sentido cuando las guía la propia comunidad; y la ciudad maravillosa no se mide en atracciones sino en horas de luz. Agende menos. Mire más.