São Paulo
São Paulo es la ciudad más grande de la mitad sur de las Américas y se comporta como tal — doce millones de personas solo en el municipio, un horizonte sin bordes, el cielo de helicópteros más ocupado del mundo sobre el tráfico más lento del mundo. Empezó en 1554 como una escuela jesuita en una loma y creció con el café, y después con todos: italianos en el Bixiga, japoneses en Liberdade — la comunidad más grande fuera de Japón —, libaneses, portugueses, nordestinos, y últimamente medio continente. Lo que le falta de playa y postal lo devuelve en las dos cosas que hace mejor que ninguna ciudad del continente: el arte y la mesa.
El viajero empieza en la Avenida Paulista un domingo, cuando la avenida se cierra a los carros y el MASP — el museo de Lina Bo Bardi, una caja de vidrio que flota sobre cuatro pilares rojos — abre su colección; camina el Centro por el Theatro Municipal, el Martinelli y el Copan ondulado de Niemeyer; come el sánduche de mortadela del Mercadão; le da una tarde al parque Ibirapuera, los pabellones de Niemeyer entre árboles; ve los murales del Beco do Batman en Vila Madalena y se queda a la noche; y cierra, como cierra la ciudad, con pizza — la religión dominical del paulistano.
La honestidad de la Guía: São Paulo es una ciudad de trabajo que se muestra despacio y a quien come bien; las distancias son reales, así que elija un barrio y deje que el metro haga el resto; el cuidado de ciudad grande aplica — teléfono en el bolsillo, taxi por aplicación de noche —; la llovizna que le dio a la ciudad su viejo apodo, terra da garoa, es hoy sobre todo un recuerdo, y las tormentas de verano no; y la Bienal, en los años pares, vale planear un viaje alrededor.