Santiago
Santiago guarda los Andes al final de cada calle, una muralla de nieve tan constante que los santiaguinos dejan de verla y los visitantes no pueden dejar de hacerlo. Es la capital ordenada de un país largo e improbable: el café llega a la hora, el metro brilla, las viñas empiezan donde termina la ciudad — y entonces, un día claro después de la lluvia, la cordillera se acerca y toda la cuadrícula se vuelve balcón.
El viajero sensato empieza en la Plaza de Armas y la grandeza gastada del Centro; cruza a Lastarria para los museos y el almuerzo largo; sube el Cerro San Cristóbal a la hora dorada, cuando la ciudad se enciende contra la muralla; y le da la noche a Bellavista. Con un día más, elija un valle: Maipo para los tintos, Casablanca para los blancos, o el Cajón para tocar la montaña.
La honestidad de la Guía: las inversiones térmicas del invierno pueden esconder los Andes por días — si el aire está claro, suelte los planes y suba a algo alto —; los temblores son un dato para el que la ciudad hace ingeniería, no una razón para no venir; y la mejor discusión del continente, la del pisco sour, se zanja aquí cada noche, a favor de Chile, en la barra.