Amazonas
Aquí la Guía cambia de escala: el departamento del Amazonas es más grande que muchos países de Europa y tiene una sola carretera, que se muere en el kilómetro veinte. Todo lo demás es río — un mar café que respira, subiendo y bajando diez metros entre estaciones — y selva en pie, la farmacia y la biblioteca más viejas del planeta.
El viajero sensato aterriza en Leticia, saluda a tres países desde el malecón — Brasil y Perú quedan a una calle o a una lancha — y se embarca río arriba: a Puerto Nariño, el pueblo sin carros donde se piensa en voz baja; a buscar delfines rosados en el lago Tarapoto; y a dormir al menos una noche selva adentro, donde la oscuridad tiene banda sonora.
La honestidad innegociable: a la selva no se entra solo sino con guía local — es seguridad y es justicia, porque el conocimiento es de ellos —; aguas altas y aguas bajas son dos viajes distintos y ninguno es el equivocado; y a los delfines se les mira de lejos: sin manos, sin comida, sin promesas.