Bogotá
Hay ciudades que se conquistan y ciudades que se aprenden. Bogotá es de las segundas: dos mil seiscientos cuarenta metros que el visitante negocia a sorbos — de agua, de café, de aguadepanela — mientras la ciudad le enseña que aquí el trópico se mide en vertical. El frío no es frío: es páramo con sol de mediodía, y cuando ese sol aprieta, la Séptima entera camina en mangas de camisa.
El viajero sensato la vive por pisos: La Candelaria para las mañanas, cuando los museos abren y las calles empinadas son todavía de los estudiantes; Chapinero y la Zona G para la mesa — Bogotá come mejor de lo que confiesa —; Usaquén para el domingo de mercado; y Monserrate para entender, desde arriba, que la sabana no se acaba nunca.
La Guía la recorre con la honestidad de siempre: el oro está en el museo y no en las vitrinas; el sol de altura quema más de lo que calienta; y la mejor Bogotá es la del domingo, cuando la ciclovía convierte cien kilómetros de avenidas en el parque más largo del continente. Lo demás es dejarse llevar — cuesta arriba, siempre.