Cali
A Cali no se viene a mirar — se viene a moverse. La sucursal del cielo tiene su liturgia propia: la brisa que baja de los Farallones a las cinco en punto, el cholado que cruje, el Gato del Río de Tejada con su desfile de novias, y por encima de todo la salsa — que aquí no es música de fondo sino idioma oficial, con academias en cada barrio y una feria en diciembre que detiene la ciudad entera.
El viajero sensato empieza en San Antonio, la colina colonial de las mañanas lentas; baja a Granada y El Peñón cuando abre la mesa — la cocina del Valle es una potencia discreta —; y le entrega la noche a los templos de la salsa, de La Topa Tolondra a Juanchito, donde bailar mal con ganas vale más que bailar bien sin ellas.
La honestidad de siempre: agosto vale el viaje solo por el Petronio — la fiesta del Pacífico negro, lo más vivo que tiene este país —; al calor del mediodía no se le pelea, se le hace siesta; y a Cristo Rey se sube temprano, porque la vista del valle entero al atardecer se paga bajando a oscuras.