Cartagena
Hay ciudades que se visitan y ciudades que se cuentan. Cartagena pertenece a la segunda estirpe: once kilómetros de murallas que el coral y la cal llevan cuatro siglos sosteniendo, y adentro, un pueblo grande de balcones floridos donde cada puerta tiene aldaba con apellido. El calor no es un clima — es un personaje. Se le espera, se le respeta, y a las cuatro de la tarde, cuando afloja, la ciudad entera sale a la calle a cobrarle el día.
El viajero sensato reparte la ciudad en tres: el centro amurallado para las mañanas y sus iglesias; Getsemaní para el atardecer, cuando los muros hablan en grafiti y las plazas en tambores; y las islas del Rosario para el día que el cuerpo pida mar de verdad. La palenquera de la Torre del Reloj no es una postal — es la economía, la historia y la dignidad de la ciudad en una sola mujer con turbante.
La Guía la recorre con la honestidad de siempre: los precios del centro doblan a los de Manga cruzando un puente; el mar urbano no es para nadar sino para mirar; y la mejor hora de las murallas — la primera del día — es también la única sin multitudes. Lo demás es dejarse contar.