Medellín
Hay ciudades que presumen de su clima y ciudades que lo son. Medellín es el suyo: veintidós grados perpetuos que convencieron a un valle entero de vivir afuera — en balcones, en aceras, en canchas y en corredores de finca. La llaman la ciudad de la eterna primavera y por una vez el eslogan se queda corto: aquí florecen hasta las laderas, y cada agosto la ciudad entera desfila con las flores a la espalda.
El viajero sensato la vive por pisos: El Poblado y Provenza para la mesa y la noche; Laureles para ver cómo se vive de verdad — a pie, de panadería en panadería —; el Centro para la memoria, con los bronces de Botero al sol; y la Comuna 13, ladera arriba por escaleras eléctricas, para oír cantar a un barrio que decidió reescribir su historia.
La Guía la recorre con la honestidad de siempre: la transformación es real y el pasado también — negarlo sería mentirle al viajero —; el Metro está impecable porque es orgullo, no multas; y el mejor plan barato de la ciudad es un cable al atardecer, cuando el valle entero se enciende como un pesebre.