San Andrés y Providencia
A quinientos kilómetros de la costa, Colombia guarda un Caribe que habla inglés criollo y reza en iglesias bautistas de madera. San Andrés es la capital del mar de los siete colores — un arrecife, tercero del mundo en tamaño, que convierte el agua en un muestrario de azules — y también otra cosa más honda: la casa del pueblo raizal, que ya estaba ahí antes de las banderas.
El viajero sensato reparte los días entre la vuelta a la isla — treinta kilómetros en carrito de golf, con parada obligada en el Hoyo Soplador —, los cayos por la mañana antes de que lleguen las lanchas llenas, y el oeste al atardecer, donde el arrecife amansa el mar para el careteo. Con cinco días, Providencia: una avioneta, una hora, y el Caribe de hace cincuenta años.
La Guía lo dice claro: la isla vive del turismo y aun así el turismo la desborda — viaje en temporada baja y la isla se lo agradece —; el agua dulce es escasa, así que la ducha corta es respeto, no tacañería; y el mejor rondón no está en el norte hotelero sino en San Luis, donde las cocinas raizales siguen mandando.