Cusco y el Valle Sagrado
Cusco fue el ombligo del mundo inca — Qosqo, en quechua — y todavía lo es: la capital que Pachacútec reconstruyó en el siglo quince con forma de puma, con la fortaleza de Sacsayhuamán por cabeza y el encuentro de dos ríos por cola, a 3.399 metros en una hoya de los Andes. Los españoles levantaron sus iglesias sobre los muros incas y no a través de ellos, así que la ciudad es un palimpsesto que se puede tocar: el templo dorado del Qorikancha bajo un convento dominico, una calle colonial sobre piedras de doce ángulos encajadas sin mezcla, una catedral en la plaza donde el imperio alguna vez contó sus provincias.
El viajero llega despacio — la altura es un hecho antes que una vista — y camina la Plaza de Armas y la piedra famosa de Hatun Rumiyoc; sube a San Blas, la loma artesana de callejones angostos; se sienta en el Qorikancha a leer las dos ciudades en un mismo muro; le da la tarde a las murallas en zigzag de Sacsayhuamán; y entrega los días siguientes al Valle Sagrado — el mercado y las terrazas de Pisac, las tejedoras de Chinchero, los círculos de Moray, las salinas de Maras, el pueblo inca vivo de Ollantaytambo — antes del tren río abajo por el Urubamba hasta Machu Picchu, que merece su propia mañana y su propio silencio.
El consejo práctico de la Guía: tome el primer día con calma — mate de coca o de muña, agua, un almuerzo liviano, ninguna cuesta — y deje que el cuerpo alcance al mapa; compre el Boleto Turístico para los sitios de la ciudad y el valle; reserve Machu Picchu y sus trenes con semanas de anticipación, meses en temporada seca; el Camino Inca cierra cada febrero y se llena el resto del año; las noches son frías en cualquier estación y la calefacción es rara; e Inti Raymi, el veinticuatro de junio, llena la ciudad por completo, gloriosamente, y con precios de fiesta.