Lima
A Lima se llega con hambre o se llega mal. La capital gastronómica del continente cocina sobre un acantilado frente al Pacífico, bajo un cielo que pasa ocho meses al año como tapa gris — la garúa — y que los limeños cobran en la mesa: aquí el almuerzo es la hora sagrada y el ceviche, herencia de mediodía, jamás de cena.
El viajero sensato la reparte: el Centro y sus balcones de madera por la mañana — la Lima virreinal sigue ahí, entre conventos con catacumbas —; Miraflores para caminar el malecón sobre el acantilado, con parapentes a la altura de los ojos; y Barranco para el arte, el Puente de los Suspiros y la noche. El mar se mira más de lo que se nada: la corriente de Humboldt lo dejó frío a propósito.
La honestidad de la Guía: el cielo gris no es mal clima, es el clima — bajo la garúa nunca llueve de verdad y siempre se camina —; la mesa famosa exige reserva con semanas; y el mejor ceviche no siempre trae manteles: pregunte por la cevichería del barrio y llegue antes de la una.