Montevideo
Montevideo eligió la calma como forma de grandeza. Tiene la rambla más larga del continente — veintidós kilómetros de costanera donde la ciudad entera camina, pesca y toma mate frente a un río que ya es mar — y un carnaval de cuarenta noches, el más largo del mundo, latiendo a tambor de candombe desde Barrio Sur y Palermo.
El viajero sensato arranca en la Ciudad Vieja: la puerta de la Ciudadela, la peatonal Sarandí, y el Mercado del Puerto al mediodía, cuando las parrillas se vuelven catedrales de humo. La tarde es de la rambla — se camina hasta donde dure el mate — y el atardecer, del Parque Rodó o de Pocitos, con la ciudad dorándose de espaldas al agua.
La honestidad de la Guía: aquí nada es urgente y esa es la atracción — quien busca vértigo eligió mal la orilla del Plata —; el asado se almuerza, no se cena; y el mate es rito con reglas: no se pide, se espera el convite, y jamás se dice que el primero estaba rico.