Punta del Este
Punta del Este es una península con un río de un lado y un océano del otro, y las dos aguas explican todo el balneario: la Mansa, la playa quieta del río donde el Río de la Plata por fin deja de ser río, y la Brava, donde el Atlántico llega con su ola y donde cinco dedos de hormigón salen de la arena — La Mano, la escultura de 1982 que se volvió el emblema de la costa. Alrededor de esta punta, Uruguay construyó su corte de verano: el puerto con sus lobos marinos y veleros, el faro de 1860, las torres de Gorlero, y, por la costa hacia el este, un rosario de pueblos que pasaron de la pesca a la moda.
El viajero nada la Mansa por la mañana y la Brava por la tarde; toma el bote a la Isla Gorriti por la calma y navega frente a la Isla de Lobos, una de las loberías más grandes del continente; maneja hasta Punta Ballena por Casapueblo, la casa blanca que Carlos Páez Vilaró construyó a mano durante cuarenta años, y se queda a la ceremonia del sol que él escribió para ella; cruza el puente ondulante de La Barra; come pescado en José Ignacio bajo su faro; y, si viene en invierno, busca ballenas francas desde cualquier punto alto de la orilla.
La honestidad de la Guía: en temporada — de Navidad a fin de enero — el balneario es de Buenos Aires y de São Paulo, y los precios se triplican, las mesas desaparecen y el mar es el único lugar con espacio; marzo y abril son el secreto, tibios y vacíos; el invierno cierra muchas puertas y abre las ballenas; el viento es residente permanente y el agua del lado Brava está más fría de lo que parece; y Punta es honesta en ser un escenario — su placer es exactamente ese, y no finge otra cosa.