Yibuti
La ciudad de Yibuti es un cruce de caminos que decidió volverse país: somalí y afar, árabe y francés, comerciantes yemeníes, ferroviarios de Adís y marineros de todas partes, reunidos sobre el golfo de Tadjoura donde el mar Rojo se encuentra con el tráfico del Índico. El puerto trabaja día y noche; el casco viejo guarda los portales de la plaza Menelik y el minarete blanco de la mezquita Hamoudi; y mar adentro, entre noviembre y febrero, el pez más grande del mar — el tiburón ballena, manso como un ferry — viene a alimentarse en la floración de plancton del golfo.
El viajero nada con esnórquel junto a esos gigantes moteados en lancha autorizada y con las reglas puestas — sin tocar, sin perseguir —; camina los portales desteñidos del barrio europeo y los callejones más vivos del barrio africano; come pescado al estilo yemení, horneado en barro, con pan laxoox; y sale en carro hacia una geología vuelta teatral: el lago Assal, 155 metros bajo el mar, el punto más bajo de África y una de las aguas más saladas de la Tierra, y las chimeneas calizas del lago Abbé, humeando en una llanura que el cine usa para otros planetas.
El consejo práctico de la Guía, con honestidad: Yibuti es caro — los puertos y las guarniciones fijan los precios — así que presupueste como marinero en tierra; el calor de mayo a septiembre es un hecho físico que reorganiza todo plan hacia el alba y el ocaso; la pausa del khat por la tarde es el ritmo propio del país — anótela sin juzgarla, y agende alrededor —; y las excursiones al desierto piden operadores serios, agua y tanque lleno. País chico, adjetivos grandes.