Adís Abeba
Adís Abeba — 'flor nueva' en amárico — está a 2.355 metros bajo las crestas de eucalipto del Entoto, capital de la única nación africana jamás colonizada, sede de la Unión Africana, y casa de una civilización que lleva su propio calendario: trece meses, siete u ocho años detrás del gregoriano, en 'el país de los trece meses de sol'. En el Museo Nacional un esqueleto pequeño llamado Lucy, de 3,2 millones de años, recibe visitas con la paciencia de una bisabuela a 200.000 generaciones de distancia.
El viajero cumple las liturgias esenciales: una ceremonia de café — los granos tostados delante suyo, la jebena servida en tres rondas, abol, tona, baraka, y marcharse antes de la tercera es una pequeña descortesía —; la injera extendida como un mapa y comida a mano con wot; el Mercato, el mercado abierto más grande del continente, entrado con bolsillo liviano y curiosidad pesada; la catedral de la Santísima Trinidad y el museo del Terror Rojo para los duelos trenzados del país; y las alturas del Entoto por aire de eucalipto y la ciudad desplegada abajo.
La honestidad de la Guía, con suavidad: la altura es real — camine lento el primer día y duerma antes de juzgar la ciudad —; la capital suele conservar su calma, pero las regiones de Etiopía cargan climas distintos estos años, así que los viajes más allá — al norte especialmente — piden consejo vigente de su cancillería y de operadores locales antes de reservar; los carteristas trabajan las multitudes, así que bolsillos livianos; y la recompensa de la prudencia es una de las culturas más hondas en las que un viajero puede sentarse — tres tazas de hondo, como mínimo.