Kabul
Kabul lleva tres mil quinientos años siendo ciudad — una capital de jardines en el camino entre Persia y la India, amada por emperadores que podían descansar donde quisieran: Babur, que tomó Delhi y fundó una dinastía, pidió ser enterrado aquí, en un jardín de terrazas sobre el río, bajo las montañas que rodean la ciudad como testigos. Su alma es terca y voladora: cuando las cometas se prohibieron, el día que cayó la prohibición el cielo volvió a llenarse en horas — granados, poetas, y pájaros de papel sobre los tejados.
Esta postal está escrita con la letra más cuidadosa de la casa: la guerra y el gobierno duro han vuelto Kabul inalcanzable para el viajero corriente, y la Guía no envía viajeros adonde su seguridad no puede prometerse ni su presencia ser una bondad. Lo que aconsejamos es apoyar desde lejos: leer a sus novelistas y a sus poetas, aprender la historia que explica las mañanas, y recordar que una ciudad no es un titular — una ciudad es su gente, y esta ha resistido más que casi todas y mantuvo las cometas en el aire.
La honestidad de la Guía, que aquí es un voto sostenido con suavidad: esta página es una promesa. Si las mañanas un día son de los escolares y los vendedores de fruta y de nada más ruidoso, las puertas de abajo se llenarán como todas las demás — los jardines de Babur primero. Pocos pueblos en la Tierra se han ganado más a fondo las mañanas corrientes. Hasta entonces la postal queda en pie, y la Guía mantiene el puerto en el mapa, con las lámparas encendidas.