Tegucigalpa
Tegucigalpa es un campamento minero de plata que se volvió capital sin desdoblarse nunca: las calles se pliegan sobre las laderas, las escalinatas hacen de avenidas, y el nombre mismo — los locales dicen Tegus — conserva el tintineo del mineral. Sobre el cuenco, el Cristo del Picacho abre los brazos; más arriba, el bosque nublado de La Tigra gotea en su clima privado y permanente.
El viajero sensato toma el centro histórico a pie en la mañana — el retablo dorado de la catedral, la vieja universidad vuelta galería, los balcones-mirador del parque La Leona —; sube al Picacho para ver de una vez toda la ciudad plegada; y guarda lo mejor para un amanecer en La Tigra, donde el quetzal se gana entre la niebla, a cuarenta minutos del centro.
La honestidad de la Guía: Tegus pide la malicia normal de la región — centro de día, apps de noche, y deje que su alojamiento lo aconseje —; la mayoría la pasa de largo rumbo a Copán y las islas, que es justamente por lo que sus precios son amables y sus bienvenidas, reales; y la montaña es el punto: si debe elegir, elija La Tigra.