Pristina
Pristina es la capital más joven de Europa y estadísticamente una de sus ciudades más jóvenes, y se nota de la mejor manera: el xhiro de la tarde llena el bulevar Madre Teresa con tres generaciones caminando hacia ningún lugar en particular; la cultura del macchiato avergonzaría a Milán — pida uno y entienda —; y la Biblioteca Nacional lleva una corona de cúpulas y una cota de malla de celosía que los críticos han llamado de todo, mientras los estudiantes adentro la llaman simplemente suya.
El viajero sensato camina el bulevar a las siete con todo el mundo, fotografía el monumento NEWBORN — repintado cada febrero por el cumpleaños de un país más joven que la mayoría de los teléfonos —, desayuna burek en el bullicio del bazar viejo, visita la casa etnográfica de Emin Gjiku por la ciudad otomana que fue, y toma una hora de domingo en el bosque de robles de Germia, donde la capital guarda sus pulmones. El puente de piedra de Prizren espera a una hora al suroeste — Kosovo es un país de distancias cortas y bienvenidas largas.
La honestidad de la Guía: el macchiato cuesta un euro y viene con invitación a quedarse — acéptela: los cafés son donde el país joven se escribe a sí mismo —; el euro es la moneda aunque la membresía europea sigue siendo tarea; algunas potencias no reconocen el pasaporte, pero el visitante solo necesita el propio; y la hospitalidad aquí tiene raíces otomanas y reglas de montaña: el huésped manda sobre el horario. Planee en consecuencia, y con gusto.