Quito
Quito guarda el centro colonial mejor conservado de América a 2.850 metros, en un callejón de volcanes. Son cuarenta iglesias en un kilómetro cuadrado, y una de ellas — La Compañía — gastó siete toneladas de pan de oro en decir amén. Arriba, el Pichincha; abajo, la ciudad más larga y angosta del continente, colgada del ecuador que le dio nombre al país.
El viajero sensato madruga al casco: la Plaza Grande con su palacio, San Francisco y su atrio enorme, La Ronda restaurada para la tarde. Sube al Panecillo, o en teleférico al Pichincha si el cielo abre, y guarda una mañana para la Mitad del Mundo — mejor el museo Intiñán que la línea pintada, aunque la línea pintada también tiene su gracia.
La honestidad de la Guía: la altura se respeta el primer día — camine despacio, almuerce liviano —; el clima cumple sus cuatro estaciones antes de la cena: cargue capas y paraguas; y el casco de noche se camina por donde hay gente, como en toda capital andina: La Ronda sí, los callejones solos no.